Luego, Simón visitó a otro campesino, pero este juró que no tenía dinero y que solo pagaría veinte kopecks que debía por un par de botas que Simón le había arreglado. Entonces Simón intentó comprar las pieles de oveja a crédito, pero el comerciante no quiso fiárselas.
«Trae tu dinero», dijo él, «entonces podrás elegir las pieles que quieras. Ya sabemos cómo es eso de cobrar deudas».
De modo que todo el negocio que hizo el zapatero fue cobrar los veinte kopeks por unas botas que había arreglado, y tomar un par de botas de fieltro que un campesino le había dado para ponerles suela de cuero.
Simón se sentía desanimado. Se gastó los veinte kopeks en vodka y emprendió el camino a casa sin haber comprado ninguna piel.
Por la mañana había sentido la helada; pero ahora, tras beber el vodka, se sentía abrigado, aun sin abrigo de piel de oveja. Caminaba con dificultad, golpeando el suelo helado con su bastón con una mano, balanceando las botas de fieltro con la otra y hablando solo.
—Yo tengo bastante calor —dijo él—, aunque no llevo abrigo de piel de oveja. Me he echado un trago y me corre por todas las venas. No necesito pieles de oveja. Voy por ahí y no me preocupo por nada. ¡Así soy yo! ¿Qué me importa a mí? Puedo vivir sin abrigo de piel. No los necesito. Mi mujer se pondrá nerviosa, eso seguro. Y, la verdad, es una pena; uno trabaja todo el día y luego no le pagan. ¡Espera un poco! Si no traes ese dinero, te juro que te degüello, palabra que sí. ¿Cómo es eso? ¡Paga de veinte en veinte kopecks! ¿Qué voy a hacer con veinte kopecks? ¡Beberlos, eso es lo único que se puede hacer! ¡Dice que está apurado! Puede que lo esté, ¿pero y yo? Tú tienes casa, ganado y de todo; ¡yo solo llevo lo puesto! Tú tienes grano de tu cosecha; yo tengo que comprar cada grano. Haga lo que haga, tengo que gastar tres rublos cada semana solo en pan.