Por ejemplo, estando todavía en el Colegio, notó en sí mismo torpeza para la conversación en francés, y se las ingenió para dominar el francés hasta hablarlo tan bien como el ruso, y luego aprendió ajedrez y llegó a ser un jugador excelente.
Aparte de su vocación principal, que era el servicio a su Zar y a la patria, siempre se fijaba algún propósito particular y, por muy poco importante que fuera, se entregaba por completo a él y vivía para él hasta verlo cumplido.
Y tan pronto como lo alcanzaba, se le presentaba inmediatamente otro objetivo para sustituir al anterior. Esta pasión por distinguirse, o por lograr algo para distinguirse, llenaba su vida.
Al tomar posesión de su cargo, se propuso adquirir la máxima perfección en el conocimiento del servicio y muy pronto se convirtió en un oficial modelo, aunque seguía con el mismo defecto de su irascibilidad ingobernable, que aquí, en el servicio, volvió a llevarle a cometer actos contrarios a su éxito.
Luego le dio por leer, después de que una vez, en una conversación en sociedad, se sintiera deficiente en educación general, y de nuevo logró su propósito.
Después, deseando asegurarse una brillante posición en la alta sociedad, aprendió a bailar de maravilla y muy pronto fue invitado a todos los bailes de los mejores círculos y a algunas de sus reuniones nocturnas. Pero esto no le satisfacía: estaba acostumbrado a ser el primero, y en aquella sociedad distaba mucho de serlo.
La alta sociedad entonces consistía, y creo que siempre consiste, en cuatro clases de personas: personas ricas que son recibidas en la Corte,