—Vamos, no hay por qué ser modesto —lo interrumpió una señora cerca de él—. Hemos visto su fotografía. ¡De verdad que no es feo! Era usted un muchacho apuesto.
“Guapo, si se quiere. Eso no importa. Cuando mi amor por ella era más intenso, el último día del carnaval, yo estaba en un baile en casa del mariscal de la nobleza, un anciano bonachón, rico y hospitalario, y chambelán de la corte. Los invitados fueron recibidos por su esposa, tan bonachona como él. Vestía terciopelo de color puce, llevaba una diadema de diamantes en la frente y sus hombros y su pecho viejos, blancos y rellenos estaban al descubierto como en los retratos de la emperatriz Isabel, la hija de Pedro el Grande.
“Era un baile encantador. Era un salón espléndido, con una tribuna para la orquesta, que en aquella época era famosa y estaba compuesta por siervos de un terrateniente melómano. Los refrescos eran magníficos y el champaña corría en abundancia. Aunque me gustaba el champaña, no bebí aquella noche, porque sin él estaba embriagado de amor. Pero lo compensé bailando valses y polcas hasta caerme de cansancio, por supuesto, siempre que era posible, con Várinka. Llevaba un vestido blanco con una faja rosa, zapatos blancos y guantes blancos de ante, que no llegaban del todo a sus codos delgados y puntiagudos. Un ingeniero repugnante llamado Anímisov me robó la mazurca con ella; hasta el día de hoy no se lo puedo perdonar. Se la pidió para el baile en cuanto ella llegó, mientras que yo había ido a la peluquería a buscar un par de guantes y llegué tarde. Así que no bailé la mazurca con ella, sino con una muchacha alemana a la que antes le había prestado un poco de atención; pero mucho me temo que no me porté muy educadamente con ella aquella noche. Apenas le hablé ni la miré, y no veía nada más que a la figura alta y esbelta con vestido blanco y faja rosa, un rostro sonrojado, radiante y con hoyuelos, y unos ojos dulces y bondadosos. No estaba solo; todos la miraban con admiración, tanto los hombres como las mujeres, a pesar de que los eclipsaba a todos. No podían evitar admirarla.