energía. A la mesa estaba sentada una niña de unos ocho años, que nos miraba con ojos sorprendidos y asustados.
—¿Dónde está? —preguntó el doctor.
—En el horno —contestó la mujer, sin dejar de mecer la cuna.
El doctor subió y, acercándose al paciente, le hizo algo.
Me acerqué más y pregunté por el estado del enfermo.
El médico no me dio respuesta. Yo también subí y, mirando a través de la oscuridad, poco a poco comencé a distinguir la cabeza peluda del hombre sobre la estufa.
Un aire pesado y sofocante envolvía al enfermo, que yacía boca arriba. El médico le sostenía la mano izquierda para tomarle el pulso.
—¿Está muy mal? —pregunté.
Sin responderme, el doctor se volvió hacia la mujer.
—Enciende una lámpara —dijo él.