arbustos donde los árboles habían sido talados, recogiendo fresas silvestres para venderlas a la gente bien que había venido al campo a pasar el verano.
Estos veraneantes de bungalows adornados y pretenciosos desde el punto de vista arquitectónico paseaban con sombrillas abiertas, con ropas ligeras, limpias y costosas, por senderos cubiertos de arena; o se sentaban a la sombra de los árboles y cenadores, junto a mesas decoradas y, abrumados por el calor, bebían té o sorbían bebidas refrescantes.
Ante el espléndido bungaló de Nicolás Semiónovitch, con su torre, su galería, sus pequeños balcones y corredores (todo en él fresco, nuevo y limpio), se detuvo una calesa troika con tres caballos, que había traído a un caballero de Petersburgo desde la ciudad situada a seis millas de distancia.
Este caballero—miembro liberal activo y muy conocido de todos los comités—estaba en todos los consejos y firmaba toda petición y toda representación—astutamente redactadas para parecer fielmente leales, pero en realidad muy radicales. Había venido de la ciudad (en la cual, como hombre sumamente ocupado, se quedaba solo veinticuatro horas) para ver al viejo amigo y compañero de juegos de su infancia, que era casi su adepto.
No discrepaban más que en el mejor modo de poner en práctica sus principios constitucionales; y en eso, muy ligeramente. El petersburgués era más bien europeo —incluso con una ligera inclinación hacia el socialismo— y percibía un sueldo muy elevado por los distintos cargos que ocupaba. Nicolás Semiónovitch, por otra parte, era un ruso neto, ortodoxo, un tanto eslófilo, y propietario de muchos miles de acres.
Habían tomado un menú de cinco platos para cenar, que se sirvió en el jardín; pero el calor hacía casi imposible comer, de modo que todo el trabajo del cocinero (que ganaba cincuenta libras al año) y de sus