Su conversación con este hombre y con los amigos de este pareció hacer madurar hasta convertir en una clara percepción todo lo que Svetlogoúb había estado sintiendo vagamente. Comprendió ahora lo que tenía que hacer. Sin romper su relación con sus nuevos camaradas, regresó al campo y allí comenzó una línea de actividad completamente nueva. Él mismo ocupó el puesto de maestro de escuela, organizó clases para adultos, leyó libros y folletos a los campesinos y les explicó su verdadera situación. Además de todo esto, publicó libros y folletos ilegales para el pueblo, y dio todo lo que pudo —sin quitarle nada a su madre— para la formación de centros similares en otras aldeas.
Desde un principio, Svetlogoúb se enfrentó en esta actividad a dos obstáculos inesperados:
- el primero era el hecho de que la mayoría de la gente trataba su predicación con indiferencia, o incluso con un cierto desprecio. Solo hombres excepcionales (a menudo de dudosa moralidad) lo escuchaban y simpatizaban con él.
- El otro obstáculo vino por parte del Gobierno. Cerraron su escuela; y la policía registró su casa y las viviendas de todos los que estaban relacionados con él, y confiscó libros y papeles.
Svetlogúb sentía demasiada indignación ante el segundo obstáculo—la opresión insensata y humillante del Gobierno—como para prestar mucha atención al primero. Lo mismo sentían sus camaradas que operaban en otros centros, y el sentimiento de irritación que fomentaban los unos en los otros llegó a tal grado de intensidad que la gran mayoría de su Grupo decidió combatir al Gobierno por la fuerza. El jefe de dicho Grupo era cierto Mezhenétsky, considerado por todos como un hombre de poder indómito, lógica incontestable y enteramente consagrado a la causa de la Revolución.