rato salieron otros dos y, después de haberle dado de comer y de secarle las cosas, le ayudaron a remendar la barca.
—¿Y cómo son? —preguntó el obispo.
“Uno es un hombre bajito y tiene la espalda encorvada. Viste una sotana de sacerdote y es muy viejo; diría que debe de tener más de cien años. Es tan viejo que el blanco de su barba adquiere un tinte verdoso, pero siempre está sonriendo y su rostro es tan luminoso como el de un ángel del cielo.
El segundo es más alto, pero también es muy viejo. Lleva un abrigo de campesino hecho Jirones. Su barba es ancha y de un color gris amarillento. Es un hombre fuerte. Antes de que tuviera tiempo de ayudarlo, volcó mi barca como si fuera un simple cubo. Él también es amable y alegre.
El tercero es alto y tiene la barba tan blanca como la nieve y que le llega hasta las rodillas. Es severo, con cejas pobladas que le cuelgan; y no lleva más que una estera atada a la cintura”.
—¿Y te hablaron? —preguntó el obispo.
“Por lo general lo hacían todo en silencio, y hablaban muy poco incluso entre ellos. A uno le bastaba con dar una mirada para que los demás lo entendieran.
Le pregunté al más alto si llevaban mucho tiempo viviendo allí. Él frunció el ceño y masculló algo como si estuviera enfadado; pero el mayor le tomó la mano y sonrió, y entonces el alto se quedó callado.
El mayor se limitó a decir:
«Tened piedad de nosotros», y sonrió”.
Mientras el pescador hablaba, el barco se había acercado más a la isla.