no despertarían en él ninguna emoción religiosa; pero le gustaba ver a la multitud para la cual su bendición y sus consejos eran necesarios y preciosos, de modo que, si bien esa multitud lo agobiaba, también lo complacía. El padre Serafín comenzó a alejarlos, diciendo que el padre Sergio estaba cansado.
Pero el padre Sergio, recordando las palabras del Evangelio: «No les prohibáis» (a los niños) «que vengan a mí», y sintiendo una tierna compasión por sí mismo ante este recuerdo, dijo que se les permitiera acercarse.
Se levantó, fue hasta la barandilla más allá de la cual se había congregado la multitud y comenzó a bendecirlos y a responder a sus preguntas, pero con una voz tan débil que sintió compasión de sí mismo.
Sin embargo, a pesar de su deseo de recibirlos a todos, no pudo hacerlo. Todo volvió a oscurecerse ante sus ojos, y tambaleándose se aferró a las barandillas. Sintió una oleada de sangre en la cabeza y primero se puso pálido y luego se sonrojó de repente.