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nydus/Short FictionPublic
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XXII

registraban una casa tras otra, copiaban papeles y libros de los que encontraban, leían diarios, cartas personales, hacían extractos de ellas en el papel de carta de mejor calidad y con una caligrafía bellísima, interrogaron a Katia Turchanínova infinidad de veces y la carearon con todos aquellos a quienes sospechaban de conspiración, con el fin de arrancarle los nombres de sus cómplices.

El ministro, un hombre bondadoso de corazón, sentía una sincera pena por la muchacha bonita. Pero se decía a sí mismo que tenía la obligación de considerar los altos deberes de Estado que se le habían impuesto, aun cuando estos no implicaran mucho trabajo y molestia.

Así que, cuando su antiguo colega, un chambelán y amigo de los Turin, se lo encontró en un baile de la corte y trató de despertar su compasión por Turin y la muchacha Turchanínova, se encogió de hombros, tensando la cinta roja de su chaleco blanco, y dijo:

« Je ne demanderais pas mieux que de relacher cette pauvre fillette, mais vous savez le devoir. »

Y entretanto, Katia Turchanínova seguía en prisión. A veces se mostraba tranquila, se comunicaba con sus compañeras de reclusión golpeando las paredes y leía los libros que le enviaban. Pero luego llegaba el momento en que sufría ataques de furia desesperada, golpeando con los puños contra la pared, gritando y riendo como una loca.

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