Durante el primer mes en prisión, Stepán sufrió la misma visión angustiosa.
Veía la pared gris de su celda, oía los ruidos de la prisión: el bullicio de la celda de abajo, donde varios presidiarios estaban recluidos juntos; las campanadas del reloj de la prisión; los pasos del centinela en el pasillo; pero al mismo tiempo la veía a ella con aquel rostro bondadoso que conquistó su corazón la primera vez que la encontró en la calle, con aquel cuello delgado y de rasgos marcados, y escuchaba su voz suave, ceceante y conmovedora: «Destruir el alma de alguien… y, lo peor de todo, la propia… ¿Cómo puedes?…».
Al cabo de un rato su voz se apagaba, y entonces aparecían caras negras. Aparecían tanto si tenía los ojos abiertos como cerrados. Con los ojos cerrados las veía con más nitidez. Cuando abría los ojos se desvanecían por un momento, fundiéndose en las paredes y en la puerta; pero al cabo de un rato reaparecían y lo rodeaban por tres lados, sonriéndole con muecas y repitiendo una y otra vez: > “¡Acaba de una vez! ¡Acaba de una vez! ¡Cuélgate! ¡Préndete fuego!” Stepán temblaba entero al oír aquello, e intentaba rezar todas las oraciones que sabía: el «Avemaría» o el «Padrenuestro». Al principio esto parecía ayudar. Al rezar empezaba a recordar toda su vida; a su padre, a su madre, el pueblo, el perro «Lobo», el viejo abuelo tumbado en la estufa, el banco en el que solían jugar los niños; luego las muchachas del pueblo con sus canciones, sus caballos y cómo se los habían robado, y cómo atraparon al ladrón y cómo lo mató con una