A veces tocaba alguna extraña clase de violín, a veces cortejaba muchachas, o remaba en un bote, o cazaba, o recibía el título de doctor en medicina conferido por alguna universidad extranjera debido a un extraño descubrimiento científico, y agradecía en un discurso durante una cena. Estos sueños eran tan vívidos, y la realidad tan sorda y monótona, que apenas se diferenciaban de la actualidad.
Lo único doloroso de sus sueños era que siempre se despertaba en el preciso momento en que aquello por lo que tanto luchaba y anhelaba estaba a punto de hacerse realidad.
Con una punzada repentina en el corazón, todas las circunstancias placenteras se desvanecían, y solo quedaba el tormento de los deseos no cumplidos. Y de nuevo aparecía la pared gris con las manchas de humedad, iluminada por una pequeña lámpara, y bajo su cuerpo la dura cama de tablas, con la paja arrinconada en el saco que le servía de colchón.
El momento más placentero era cuando estaba dormido; pero cuanto más tiempo pasaba en prisión, menos dormía. Esperaba el sueño como a la mayor de las felicidades: lo ansiaba, y cuanto más lo ansiaba, más desvelado se quedaba. Le bastaba con preguntarse: «¿Me estoy durmiendo?», para que su somnolencia se desvaneciera.
Correr por la jaula y dar saltos no sirvió de nada. El ejercicio activo solo le causaba debilidad y le alteraba los nervios; la coronilla comenzó a dolerle, y bastaba con que cerrara los ojos para ver rostros que aparecían sobre un fondo oscuro y brillante —peludos, calvos, de boca grande, de boca torcida—, cada cual más horrible que el anterior. Esos rostros hacían muecas terroríficas. Más tarde empezaron a aparecer con los ojos abiertos, y no solo los rostros, sino figuras enteras que parloteaban y bailaban. Se aterrorizó, se levantó de un salto, se golpeó la cabeza contra la pared y gritó. Entonces se abrió la ranura de la puerta: