las rodillas, Vasíli Andréevich se quedó así, boca abajo, con la cabeza presionada contra la parte delantera del trineo. Aquí ya no escuchaba los movimientos del caballo ni el silbido del viento, sino únicamente la respiración de Nikíta. Al principio y durante un buen rato, Nikíta permaneció inmóvil; luego suspiró profundamente y se movió.
“¡Y pensar que dices que te estás muriendo! Quédate quieto y cálentate, así es como hacemos aquí…” empezó Vasíli Andréevich.
Pero, para su gran sorpresa, no pudo decir más, pues las lágrimas acudieron a sus ojos y su mandíbula inferior comenzó a temblar rápidamente. Dejó de hablar y solo atinaba a tragar saliva para contener el nudo que se le hacía en la garganta.
«Parece que me he asustado mucho y me he quedado bastante débil», pensó.
Pero esta debilidad no solo era desagradable, sino que le producía una alegría singular como jamás había sentido antes.