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nydus/Short FictionPublic
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XIII

“… incapaces de comprender las leyes de la economía, no tenían en cuenta lo que hacían. Y en gran medida era⁠ ⁠…”

Mezhenétsky no pudo, ni quiso, oír lo que era «en gran medida», ni tampoco necesitaba saberlo. El tono de voz del hombre bastaba para mostrar con qué absoluto desprecio lo tenían a él, a Mezhenétsky, el héroe de la Revolución, que había sacrificado doce años de su vida a la causa.

Y en el corazón de Mezhenétsky surgió un odio tan terrible como jamás había experimentado antes: odio hacia todos y hacia todo, hacia este mundo sin sentido en el que solo pueden vivir personas que son como animales, personas como el viejo con su «Cordero», y semi-animales verdugos y carceleros, y dogmatistas insolentes, seguros de sí mismos y natimuertos.

El guardia de servicio entró y se llevó a las mujeres hacia el pabellón de mujeres. Mezhenétsky se fue al otro extremo del corredor para no cruzarse con él.

El guardia regresó y cerró con llave la celda de los nuevos presos políticos, y le sugirió a Mezhenétsky que volviera a la suya. Mezhenétsky obedeció mecánicamente, pero pidió que no le cerraran la puerta.

En su celda, Mezhenétsky se tendió en el jergón con la cara contra la pared.

¿Era posible que todas sus facultades se hubieran desperdiciado: su energía, su fuerza de voluntad, su genio (él no consideraba a nadie por encima de él en cualidades mentales), ¿desperdiciados para nada? Recordaba la carta que había recibido hacía muy poco, cuando ya iba de camino a Siberia, de la madre de Svetlogoúb, reprochándole («como a una mujer», estúpidamente, según pensaba) por haber llevado a su hijo a

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