Habían pasado otras dos semanas. Iván Ilich ya no podía levantarse del sofá. No le gustaba estar en la cama y se tumbaba en el sofá.
Y tumbado casi todo el tiempo de cara a la pared, en la más absoluta soledad, sufría todas aquellas agonías inexplicables y, en la más absoluta soledad, reflexionaba siempre sobre aquella pregunta inexplicable:
¿Qué es esto? ¿Es posible que sea la muerte?
Y una voz interior respondía: «Sí, es verdad».
«¿Para qué estas agonías?», y una voz respondía: «Porque sí».
Más allá y aparte de esto, no había nada.
Desde el principio mismo de su enfermedad, desde que Iván Ilich fue a ver a los médicos por primera vez, su vida se había dividido en dos estados de ánimo contradictorios que se alternaban continuamente: uno era la desesperación y la anticipación de una muerte incomprensible y terrible; el otro, la esperanza y una observación absorta del estado real de su cuerpo. Primero no había ante él más que un riñón o un intestino que temporalmente se negaban a cumplir con sus funciones; después, no había más que una muerte desconocida y espantosa de la que no se podía escapar.
Estos dos estados de ánimo se habían alternado desde el principio mismo de la enfermedad; pero cuanto más avanzaba esta, más dudosa y fantástica se volvía la concepción del riñón, y más real, la sensación de la muerte inminente.
No tenía más que reflexionar sobre lo que había sido tres meses atrás y lo que era ahora, reflexionar sobre la constancia con la que había ido cuesta