Una hora después de que los muchachos se hubieran ido, Eugene Mihailovich, el dueño de la tienda, volvió a casa y comenzó a contar sus ingresos.
—¡Ay, torpe de ti! ¡Imbécil que estás hecha! —gritó, dirigiéndose a su mujer, tras haber visto el cupón y notado la falsificación.
—Pero yo te he visto muchas veces, Eugenio, aceptar cupones como pago, y precisamente de doce rublos —replicó su mujer, muy humillada, afligida y a punto de echarse a llorar.
—De verdad que no sé cómo se apañaron para timarme —prosiguió ella—. Eran alumnos de la escuela, con uniforme. Uno de ellos era un muchacho bastante apuesto, y parecía tan comme il faut.1
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N. del T.: En francés en el original (comme il faut: bien parecido, correcto). ↩
“¡Un imbécil comme il faut, eso es lo que eres!”, el marido seguía regañándola, mientras contaba el efectivo. … Cuando acepto cupones, veo lo que está escrito en ellos. Y tú probablemente solo miraste las lindas caras de los muchachos. “Más te valdría portarte bien en tu vejez”.
Su mujer no pudo soportar esto y montó en cólera.
“¡Eso es típico de ustedes, los hombres! Culpar a todos los que los rodean. Pero cuando son ustedes los que pierden cincuenta y cuatro rublos a las cartas, eso no tiene la menor importancia ante sus ojos”.
—Eso es otro asunto—