—Aquí hay buena sangre —dijo—. Es como el caballo overo, si te acuerdas, del que te hablé.
El amo comprendió que no era de sus caballos de lo que hablaba el huésped; y no escuchó, sino que, mirando a su alrededor, siguió contemplando su criadero.
De repente, muy cerca de su oreja, se oyó un relincho apagado, débil y senil. Era el caballo pío que había empezado a relinchar, pero no pudo terminar. Volviéndose, por decirlo así, confuso, se cortó de golpe.
Ni el huésped ni el amo prestaron atención a este relincho, sino que se fueron a casa. Jolstomír había reconocido en el viejo arrugado a su querido antiguo amo, el antaño brillante, apuesto y acaudalado Sierpujovski.