Los tres hermanos vivieron y reinaron.
El hermano mayor, Simón el Soldado, prosperó. Con sus soldados de paja reclutó soldados de verdad. Ordenó en todo su reino el reclutamiento de un soldado por cada diez casas, y cada soldado tenía que ser alto, y limpio de cuerpo y de rostro.
Reunió a muchos soldados de estos y los adiestró; y cuando alguien se le oponía, enviaba al instante a estos soldados y se salía con la suya, de modo que todos empezaron a temerle, y su vida era desahogada.
Todo aquello en lo que fijaba los ojos y deseaba, era suyo. Enviaba soldados, y ellos le traían todo lo que anhelaba.
Tarás el Forzudo también vivía holgadamente. No desperdició el dinero que recibió de Iván, sino que lo incrementó considerablemente. Introdujo la ley y el orden en su reino. Guardaba su dinero en arcones y cobraba impuestos al pueblo.
Instituyó un impuesto de capitación, peajes para caminar y andar en carro, y un impuesto sobre los zapatos, las medias y los adornos de la ropa. Y todo lo que deseaba lo conseguía. Por amor al dinero, la gente le llevaba de todo y se ofrecía a trabajar para él; pues todos querían dinero.
Iván el Tonto, por su parte, tampoco vivía mal. Tan pronto como hubo enterrado a su suegro, se quitó todas sus vestiduras reales y se las dio a su esposa para que las guardara en un baúl; y de nuevo se vistió con su camisa de cáñamo, sus calzones y sus zapatos campesinos, y volvió a ponerse a trabajar.