impulso vital, apertura de crédito y la posibilidad de vivir casi lujosamente durante otros diez años.
Ya habían pasado los diez años, y el impulso se había acabado; y le resultaba difícil vivir.
Ya había empezado a beber demasiado; es decir, a embriagarse con vino, lo que nunca antes le había ocurrido.
Propiamente hablando, nunca había empezado ni nunca había terminado de beber.
Más notable en él que cualquier otra cosa era la inquietud de sus ojos (habían empezado a vagar), y la incertidumbre de sus entonaciones y movimientos. Esta inquietud resultaba sorprendente por el hecho de que era evidentemente algo nuevo en él, pues se notaba que había estado acostumbrado, durante toda su vida, a no temer a nada ni a nadie, y que ahora soportaba graves sufrimientos a causa de un pavor completamente ajeno a su naturaleza.
El dueño y la dueña de casa notaron esto, intercambiaron miradas, dando a entender que se comprendían, pospusieron hasta el momento de irse a la cama la consideración de este asunto y, evidentemente, solo soportaron al pobre Serpujovskói.
La visión de la felicidad del joven amo humillaba a Nikíta y lo empujaba a una envidia dolorosa, al recordar su propio pasado irrevocable.
—¿Le molesta el tabaco, Marie? —preguntó, dirigiéndose a la señora con ese tono peculiar, adquirido solo con la práctica, lleno de urbanidad y amabilidad, pero no del todo satisfactorio; el que emplean los hombres familiarizados con la compañía de mujeres que no gozan de la dignidad de esposas. No es que hubiera querido insultarla; al contrario, le importaba mucho más ganarse su buena voluntad y la del anfitrión, aunque no se lo habría