esperó hasta que oscureció, dejó algo de ropa, junto con el abrigo y una carta, en la orilla, y regresó a casa en secreto.
En el desván, que estaba provisto de cerradura, se le había preparado un lugar.
Por la noche, Albína envió a Ludwíka en busca del coronel para informarle de que su esposo llevaba ausente de casa veinte horas y aún no había regresado.
Por la mañana le llevaron la carta de su marido; y, con el rostro bañado en lágrimas y una apariencia de absoluta desesperación, se la llevó al coronel.
Una semana después, Albína presentó una petición para que se le permitiera regresar a su hogar. El dolor mostrado por Madame Migoúrski conmovió a todos los que la vieron. Todos compadecían a la desafortunada madre viuda.
Cuando hubo recibido permiso para partir, presentó otra petición: que se le permitiera exhumar los cuerpos de sus hijos y llevárselos con ella.
Las Autoridades se sorprendieron de este sentimentalismo, pero concedieron también este permiso.
La tarde después de haber recibido este segundo permiso, Rosolówski, Albína y Ludwíka, tomando la caja en la que debían colocarse los ataúdes, partieron en un carro de alquiler. En el cementerio donde los niños estaban enterrados, Albína, cayendo de hinojos junto a su tumba, rezó un momento, pero pronto se levantó, se secó los ojos y, diciéndole a Rosolówski: «Haz lo necesario… ¡No puedo!», se hizo a un lado.
Rosolówski y Ludwíka movieron la lápida y cavaron la parte superior de la tumba con palas, de modo que pareciera que había sido abierta. Hecho esto, llamaron a Albína; y regresaron a casa con la caja llena de tierra.