Tercera parábola
Unos viajeros realizaban un viaje. Y sucedió que perdieron el camino, de modo que se vieron avanzando, no por un camino llano, sino a través de un pantano, entre matas de arbustos, zarzas y árboles caídos, que bloqueaban su avance, y hasta el hecho de moverse se hacía cada vez más difícil.
Entonces los viajeros se dividieron en dos grupos; uno decidió no detenerse, sino seguir en la dirección que llevaban, asegurándose a sí mismos y a los demás que no se habían desvío del camino correcto, y que con seguridad llegarían al final de su viaje.
La otra parte decidió que, dado que la dirección en la que ahora avanzaban evidentemente no era la correcta —de otro modo hacía tiempo que habrían llegado al final del viaje—, era necesario encontrar el camino, y para encontrarlo se requería que, sin demora, se movieran lo más rápidamente posible en todas direcciones. Todos los viajeros se dividían entre estas dos opiniones: unos decidieron seguir andando en línea recta, los otros decidieron hacer pruebas en todas direcciones; pero hubo un hombre que, sin compartir ninguna de las dos opiniones, declaró que antes de continuar en la dirección en la que habían estado avanzando, o de empezar a moverse rápidamente en todas direcciones esperando que por este medio pudieran encontrar el camino correcto, era necesario ante todo detenerse y deliberar sobre su situación, y luego, tras la debida deliberación, decidirse por una cosa o por la otra.
Pero los viajeros estaban tan alterados por el revuelo, estaban tan alarmados por su situación, tenían tantas ganas de engañarse a sí mismos