liberarse. Solo podía confiar en él y en su honor. Esperaba que él no hiciera uso de su poder; y, sin embargo, al mismo tiempo, lo deseaba
Su debilidad era mayor porque no tenía nada en qué apoyarse en la lucha.
Estaba cansada de la vida social y no sentía afecto por su madre. Su padre, según creía, la había repudiado, y ella anhelaba apasionadamente vivir y acabar con el juego.
El amor, el amor perfecto de una mujer por un hombre, le ofrecía la promesa de la vida. Su naturaleza fuerte y apasionada, además, la arrastraba hacia allí.
En la figura alta y robusta de aquel hombre, de cabellos claros y ligero bigote levantado, bajo el cual brillaba una sonrisa atractiva e irresistible, vio la promesa de esa vida que tanto anhelaba.
Y luego las sonrisas y las miradas, la esperanza de algo tan increíblemente hermoso, condujeron, como tenían que conducir, a aquello que temía pero que inconscientemente esperaba.
De repente, todo lo que era hermoso, alegre, espiritual y lleno de promesas para el futuro, se volvió animal y sórdido, triste y desesperado.
Ella lo miró a los ojos y trató de sonreír, fingiendo que no temía nada, que todo estaba como debía estar; pero en lo más hondo de su alma sabía que todo había terminado. Comprendía que no había hallado en él lo que había buscado; aquello que una vez había conocido en sí misma y en Koko. Le dijo que debía escribir a su padre pidiendo su mano en matrimonio. Él prometió hacerlo; pero cuando volvió a verlo, le dijo que le era imposible escribir en ese momento. Vio algo vago y furtivo en sus ojos, y su desconfianza hacia él creció.