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nydus/Short FictionPublic
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IX

Le complació ver cómo, bastante desconcertados, se miraban de reojo.

En la Fortaleza de Pedro y Pablo fue metido en una celda pequeña y húmeda con una ventana alta en la pared, y supo que no era por meses, sino por años, y se apoderó de él el terror ante aquel bien ordenado y sepulcral silencio y ante la conciencia de que no estaba solo, sino que detrás de aquellos impenetrables muros había otros prisioneros, condenados a diez o veinte años de reclusión, que se suicidaban, eran ahorcados, perdían la razón o morían lentamente de tisis. Aquí había hombres, mujeres y amigos, tal vez.⁠ ⁠… «Los años pasarán, y yo también perderé la razón, me ahorcaré o moriré. Y nadie sabrá jamás nada de ello», pensó.

La ira se levantó en su alma, contra todos, pero especialmente contra aquellos que eran la causa de su reclusión. Esta ira exigía objetos sobre los cuales desahogarse, exigía acción y ruido; pero allí reinaba un silencio de muerte, o los pasos sigilosos de hombres silenciosos que no respondían a ninguna pregunta, y el sonido de puertas que se cerraban o se abrían con llave, comida traída a las horas fijadas, visitas de los hombres silenciosos, la luz del sol naciente brillando a través de los opacos cristales, luego la oscuridad; y el mismo silencio, y los mismos pasos, y los mismos sonidos, hoy y mañana.

… Y su ira, incapaz de desahogarse, le devoraba el corazón.

Intentó llamar, pero no obtuvo respuesta, y a sus golpes solo siguieron los mismos pasos suaves y la voz serena de un hombre que lo amenazaba con la celda de castigo.

Tan solo el sueño le traía descanso y alivio; pero el despertar resultaba tanto más espantoso. En sus sueños se veía siempre libre, y por lo general absorto en actividades que consideraba incompatibles con la labor Revolucionaria.

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