—Gracias, Martín Avdéitch —dijo—, me has dado alimento y consuelo tanto para el alma como para el cuerpo.
—De nada. Vuelve en otra ocasión. Me alegra tener un huésped —dijo Martín.
Stepánitch se marchó; y Martin se sirvió el resto del té y se lo bebió. Luego guardó los avíos del té y se sentó a su trabajo, cosiendo la costura trasera de una bota. Y mientras cosía, no dejaba de mirar por la ventana, esperando a Cristo, y pensando en él y en sus obras. Y su cabeza rebosaba de las palabras de Cristo.
Pasaron dos soldados: uno con botas del Gobierno, el otro con botas propias; luego el dueño de una casa vecina, con galochas brillantes; después un panadero que llevaba una cesta. Todos ellos siguieron de largo.
Entonces se acercó una mujer con medias de estameña y zapatos rústicos. Pasó ante la ventana, pero se detuvo junto al muro.
Martín la miró de reojo a través de la ventana y vio que era una desconocida, mal vestida y con un bebé en brazos. Se detuvo junto al muro dándole la espalda al viento, intentando abrigar al bebé aunque apenas tenía con qué envolverlo. La mujer llevaba puesta solo ropa de verano, y hasta esa era raída y gastada.
A través del vidrio, Martín oyó llorar al bebé y a la mujer tratando de calmarlo, pero sin lograrlo.
Martín se levantó, salió por la puerta, subió los escalones y la llamó.
“¡Querida, digo, querida!”
La mujer oyó, y se volvió.