Al cabo de unos momentos, el animado patio quedó en una melancólica soledad; los postes sobresalían con tristeza bajo los cobertizos vacíos, y solo se veía la paja empapada, manchada de estiércol.
Por muy familiar que fuera esta imagen de vacío para el caballo pío, parecía tener en él un efecto melancólico. Bajó y levantó la cabeza lentamente, como si hiciera una reverencia, suspiró tan profundamente como se lo permitía la cincha bien apretada y, arrastrando sus patas algo torcidas y decrépitas, reemprendió la marcha tras la manada, llevando al viejo Néstor sobre su lomo huesudo.
“Ya lo sé. Tan pronto como salgamos a la camino, se pondrá a encender fuego y a fumar su pipa de madera con montura y cadenita de cobre”, pensó el caballo castrado.
“Me alegro de esto, porque es temprano por la mañana y el rocío está sobre la hierba, y este olor me resulta agradable y me trae muchos recuerdos gratos. Solo siento que cuando el viejo tiene la pipa en la boca siempre se excula, se pone a imaginar cosas y se sienta de lado, muy ladeado, y de ese lado siempre duele. En fin, que Dios esté con él. No es nada nuevo para mí sufrir por el bien de los demás. Incluso he llegado a encontrar cierta satisfacción equina en esto. Que juegue a ser el gallito del corral, pobre hombre; pero es por su propio placer que se da tanta importancia, ya que nadie lo ve en absoluto. Que cabalgue de lado”, se dijo el caballo; y, caminando con cuidado sobre sus patas torcidas, avanzó por la mitad del camino.