Él se levantó y salió.
Akoulína cogió la artesa, la puso sobre un banco, la llenó de agua con los cubos que estaban junto a la puerta y con la caldera del horno, se remangó y probó el agua.
—Ven, Mary, te voy a lavar.
La niña enfadada y ceceante rompió a aullar.
—¡Ven acá, furcia! Te daré una camisa limpia. ¡Venga, no armes bulla! Anda, ven... Todavía tengo que lavar a tu hermano.
Entre tanto, Polikéy no había seguido a la criada desde «allá arriba», sino que se habíam dirigidos a un lugar muy distinto. En el pasillo, junto a la pared, había una escalerilla que conducía a la buhardilla. Polikéy, al salir, miró a su alrededor y, al no ver a nadie, subió por aquella escalera casi a la carrera, con agilidad y prisa.
—¿Qué puede significar que Polikéi no venga? —preguntó la señora impaciente a Dunyasha, que la estaba peinando—. ¿Dónde está Polikéi? ¿Por qué no ha venido?
Aksyúta voló de nuevo a las cuadras de los siervos, y otra vez irrumpió en el pasillo, llamando a Polikéi para su ama.
—Pues se fue hace mucho —respondió Akoulína, quien, tras haber lavado a María, acababa de meter a su hijito en la artesa y le mojaba el cabello fino y corto, sin hacer caso de sus gritos.
El niño chillaba, arrugaba la carita e intentaba agarrarse a algo con sus manitas indefensas. Akoulína sostenía su espalda regordeta y llena hoyuelos con una mano grande, mientras lo lavaba con la otra.
—Mira a ver si se ha quedado dormido en alguna parte —dijo ella, mirando alrededor con ansiedad.