porque todavía no se había rendido: todos los días le rogaba a Dios que lo fortaleciera, que lo salvara de la perdición; todos los días decidía que a partir de ese día no daría un paso para verla y la olvidaría. Todos los días ideaba medios para librarse de esta tentación, y ponía en práctica esos medios.
Pero todo fue en vano.
Uno de los medios era la ocupación continua; otro, el trabajo físico intenso y el ayuno; un tercero, imaginarse la vergüenza que caería sobre él cuando todo el mundo lo supiera: su esposa, su suegra y la gente de los alrrededores. Hizo todo esto y le pareció que estaba venciendo, pero llegó el mediodía —la hora de sus antiguos encuentros y la hora en que la había encontrado llevando la hierba— y se fue al bosque. Así pasaron cinco días de tormento. Solo la vio desde lejos y no se cruzó con ella ni una sola vez.