El viejo respondió:
«Cómo se puede vivir para Dios nos lo ha enseñado Cristo. ¿Sabes leer? Pues cómprate los Evangelios y léelos: allí verás cómo quiere Dios que vivas. Lo tienes todo ahí».
Estas palabras penetraron hondo en el corazón de Martín, y ese mismo día fue y se compró un Nuevo Testamento en letra grande, y comenzó a leer.
Al principio solo tenía la intención de leer en los días festivos, pero una vez que empezó, descubrió que le aligeraba tanto el corazón que leía todos los días.
A veces estaba tan absorto en su lectura que el aceite de su lámpara se consumía antes de que pudiera apartarse del libro.
Continuaba leyendo todas las noches, y cuanto más leía, más claramente comprendía lo que Dios le pedía y cómo podía vivir para Dios. Y su corazón se iba volviendo cada vez más ligero.
Antes, cuando se iba a la cama, solía acostarse con el corazón apesadumbrado, gimiendo al pensar en su pequeño Kapitón; pero ahora se limitaba a repetir una y otra vez: «¡Gloria a Ti, gloria a Ti, oh Señor! ¡Hágase Tu voluntad!».
Desde aquel momento, toda la vida de Martín cambió. Antiguamente, en los días festivos solía ir a tomar té a la taberna, y ni siquiera rechazaba uno o dos vasos de vodka. A veces, después de haber tomado un trago con un amigo, salía de la taberna no borracho, sino bastante alegre, y decía tonterías: le gritaba a alguien o lo insultaba.