Me mira con severidad y solemnidad y dice: «No digas nada más, te arrepentirías». Le digo que no soporto las comedias. Entonces ella grita algo que no alcanzo a oír, y se precipita a su habitación. La llave gira con un chasquido tras ella; se ha encerrado dentro. Pruebo en la puerta, pero al no obtener respuesta, me voy enfadado. Media hora después entra Lisa corriendo llorando. «¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?». «No oímos a mamá». Vamos. Tiro de las puertas dobles con todas mis fuerzas. El cerrojo no había quedado bien asegurado, y las dos hojas se abren. Me acerco a la cama, sobre la cual yace en una postura extraña en enaguas y con un par de botas altas. Hay un frasco de opio vacío sobre la mesa. Consiguen volverla en sí. Siguen las lágrimas y una reconciliación. No, una reconciliación no: en el corazón de cada uno sigue la vieja animosidad, con la irritación añadida que produce el dolor de esta pelea que cada cual atribuye al otro. Pero, por supuesto, hay que acabar con todo de algún modo, y la vida sigue a la manera de siempre. Y así, disputas del mismo tipo, e incluso peores, ocurrían continuamente: una vez a la semana, una vez al mes, o a veces todos los días. Siempre era lo mismo. Una vez ya había conseguido un pasaporte para ir al extranjero; la pelea había durado dos días. Pero hubo de nuevo una explicación parcial, una reconciliación parcial, y no me fui”.
Table of Contents
XX
1603