This was a remarkable group. It vanished in the invisible depths which lie behind us.
At the point of this drama which we have now reached, it will not perhaps be superfluous to throw a ray of light upon these youthful heads, before the reader beholds them plunging into the shadow of a tragic adventure.
Enjolras, cuyo nombre hemos mencionado antes que nada—el lector verá por qué más adelante—, era hijo único y rico.
Enjolras era un joven encantador, que era capaz de ser terrible. Era de una belleza angélica. Era un Antínoo salvaje. Al ver la pensativa meditación de su mirada, se diría que ya había atravesado, en alguna existencia anterior, el apocalipsis revolucionario. Poseía la tradición de este como si hubiera sido testigo. Conocía todos los pormenores del gran asunto. Una naturaleza pontificia y guerrera, cosa singular en un mancebo. Era un sacerdote oficiante y un hombre de guerra; desde el punto de vista inmediato, un soldado de la democracia; por encima del movimiento contemporáneo, el sacerdote del ideal. Sus ojos eran profundos, sus párpados un poco rojos, su labio inferior era grueso y propenso al desdén, su frente era alta. Mucha frente en un rostro es como mucho horizonte en un paisaje. Semejante a ciertos jóvenes de principios de este siglo y de finales del pasado, que se hicieron ilustres a temprana edad, estaba dotado de una juventud excesiva, y era rosado como una jovencita, aunque sujeto a horas de palidez. Ya hombre, todavía parecía un niño. Sus veintidós años apenas aparentaban diecisiete; era serio, no parecía consciente de que existiera sobre la tierra una cosa llamada mujer. No tenía más que una pasión: el derecho; un solo pensamiento: derrocar el obstáculo. En el monte Aventino, habría sido Graco; en la Convención, habría sido Saint-Just. Apenas veía las rosas, ignoraba la primavera, no escuchaba el trino de los pájaros; la garganta desnuda de Evadne no lo habría conmovido más de lo que habría conmovido a Aristogitón; él,