juzgó demasiado débil cuando consideró necesario obtener refuerzos. ¡Precaución fatal, pérdida de tiempo precioso! Javert cometió todas estas torpezas y no por ello dejó de ser uno de los espías más hábiles y correctos que jamás hayan existido. Era, en toda la fuerza de la expresión, lo que en venatoria se llama un «perro sabio». Pero, ¿qué hay en este mundo que sea perfecto?
Los grandes estrategas tienen sus eclipses.
Las mayores locuras se componen a menudo, como las cuerdas más gruesas, de una multitud de hilos.
Tomad el cable hilo por hilo, tomad todos los pequeños motivos determinantes por separado, y podréis romperlos uno tras otro, y os diréis: «¡Eso es todo!».
Trenzadlos, torcedlos juntos; el resultado es enorme:
- es Atila dudando entre Marciano al este y Valentiniano al oeste;
- es Aníbal demorándose en Capua;
- es Danton durmiéndose en Arcis-sur-Aube.
Sea como fuere, aun en el momento en que vio que Jean Valjean se le había escapado, Javert no perdió la cabeza. Seguro de que el presidiario que había quebrantado su condena no podía estar lejos, dispuso centinelas, organizó trampas y emboscadas, y rastreó el barrio durante toda la noche. Lo primero que vio fue el desorden en el farol de la calle cuya cuerda había sido cortada. Un indicio valioso que, sin embargo, lo despistó, ya que hizo que volcará todas sus investigaciones hacia el callejón Genrot. En este callejón sin salida había muros bastante bajos que lindaban con jardines cuyos límites colindaban con las inmensas extensiones de