pedestal la fecha «18 de junio de 1815»; lo que animó a Blücher mientras pasaba a cuchillo al ejército en retirada; lo que, desde las alturas de la meseta de Mont-Saint-Jean, se cernió sobre Francia como sobre su presa, fue la contrarrevolución. Fue la contrarrevolución la que murmuró esa infame palabra: «desmembración». Al llegar a París, contempló el cráter de cerca; sintió aquellas cenizas que le abrasaban los pies, y cambió de opinión; volvió al balbuceo de una carta otorgada.
Contemplemos en Waterloo únicamente aquello que hay en Waterloo. De libertad intencional no hay ninguna. La contrarrevolución fue involuntariamente liberal, del mismo modo que, por un fenómeno correspondiente, Napoleón fue involuntariamente revolucionario. El 18 de junio de 1815, el Robespierre a caballo fue derribado de su silla.
XVIII
Un recrudecimiento del derecho divino
Fin de la dictadura. Todo un sistema europeo se desmoronó.
El Imperio se hundió en una penumbra que se asemejaba a la del mundo romano en su agonía. Nuevamente contemplamos el abismo, como en los días de los bárbaros; solo que la barbarie de 1815, a la que hay que llamar por su diminutivo cariñoso de contrarrevolución, no tuvo largo aliento, pronto comenzó a jadear y se detuvo en seco. El Imperio fue llorado —reconozcámoslo— y llorado por ojos heroicos. Si la gloria reside en la espada convertida en cetro, el Imperio había sido la gloria en persona. Había difundido sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede