su imperturbable placidez. En los últimos cinco o seis meses había experimentado una buena cantidad de emociones. Marius de vuelta, Marius traído de vuelta sangrando, Marius traído de vuelta de una barricada, Marius muerto, luego vivo, Marius reconciliado, Marius prometido, Marius casándose con una muchacha pobre, Marius casándose con una millonaria. Los seiscientos mil francos habían sido su última sorpresa. Después, su indiferencia de niña que hace la primera comunión le volvió. Iba regularmente a misa, rezaba el rosario, leía su eucologio, mascullaba Avemarías en un rincón de la casa mientras en el otro se susurraba un «te amo», y contemplaba a Marius y a Cosette de manera vaga, como a dos sombras. La sombra era ella misma.
Hay un cierto estado de ascetismo inerte en el que el alma, neutralizada por el sopor, ajena a eso que puede designarse como el oficio de vivir, no recibe ninguna impresión, ni humana, ni grata ni dolorosa, a excepción de los terremotos y las catástrofes.