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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro XV. I. El bebedor es charlatán

Extraño y triste es decirlo, en aquel mismo momento, Mario aún no había recibido la carta de Cosette; el azar se la había entregado traidoramente a Jean Valjean antes de hacérsela llegar a Mario.

Hasta aquel día, Jean Valjean no había sido vencido por la prueba. Había estado sometido a espantosas vivencias; ninguna violencia de la mala suerte le había sido escatimada; la ferocidad del destino, armado con todas las vindicaciones y todos los desprecios sociales, lo había tomado por presa y se había enfurecido contra él.

Había aceptado todos los extremos cuando había sido necesario; había sacrificado su inviolabilidad como hombre redimido, había entregado su libertad, arriesgado su cabeza, lo había perdido todo, lo había sufrido todo, y se había mantenido desinteresado y estoico hasta tal punto que se le habría podido creer ausente de sí mismo como un mártir. Su conciencia, endurecida ante todo asaltante del destino, habría podido parecer por siempre inexpugnable.

Pues bien, cualquiera que hubiera contemplado su ser espiritual se habría visto obligado a admitir que este flaqueaba en aquel instante. Y era porque, de todas las torturas que había sufrido en el transcurso de esta larga inquisición a la que el destino lo había condenado, esta era la más terrible. Jamás le habían cogido hasta entonces semejantes tenazas. Sentía el temblor misterioso de todas sus sensibilidades latentes. Sentía el punzamiento en la cuerda extraña.

¡Ay!, la prueba suprema, digámoslo mejor, la única prueba, es la pérdida del ser amado.

El pobre y viejo Jean Valjean ciertamente no amaba a Cosette de otra manera que como a un padre; pero ya hemos observado antes que en esta paternidad la viudez de su vida había introducido todos los matices del amor; amaba a Cosette como a su hija, y la amaba como a su madre, y la amaba como a su hermana; y, como nunca había tenido ni una mujer a

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