Los cementerios se quedan con lo que se les confía
I
Que trata del modo de entrar en un convento
Fue en esta casa donde Jean Valjean, como decía Fauchelevent, había «caído del cielo».
Había escalado el muro del jardín que formaba el ángulo de la Rue Polonceau. Aquel himno de los ángeles que había oído en mitad de la noche era el canto de maitines de las monjas; aquella sala que había vislumbrado en la penumbra era la capilla. Aquel fantasma que había visto tendido en el suelo era la hermana que hacía reparación; aquella campana cuyo sonido le había extrañado tanto era la esquila del jardinero atada a la rodilla del padre Fauchelevent.
Una vez acostada Cosette, Jean Valjean y Fauchelevent habían, como ya hemos visto, cenado un vaso de vino y un trozo de queso ante un buen fuego chisporroteante; después, estando la única cama de la choza ocupada por Cosette, cada uno se tiró sobre un fardo de paja.
Antes de cerrar los ojos, Jean Valjean dijo: > «Debo quedarme aquí en