hundían en el lodo. Las rodadas llegaban hasta los cubos de las ruedas de los cañones. Además, se había visto obligado a cruzar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; los franceses habían incendiado la calle que conducía al puente, por lo que los cajones y los carros de municiones no habían podido pasar entre dos hileras de casas en llamas y habían tenido que esperar hasta que el incendio se apagara. Mediodía era ya cuando la vanguardia de Bülow pudo alcanzar la Chapelle-Saint-Lambert.
Si la acción hubiera comenzado dos horas antes, habría terminado a las cuatro, y Blücher habría caído sobre la batalla ganada por Napoleón.
Tales son estos inmensos riesgos proporcionados a un infinito que no podemos comprender.
El Emperador había sido el primero, ya al mediodía, en distinguir con su anteojo, en el extremo horizonte, algo que había llamado su atención. Había dicho: «Veo allá una nube que me parece ser tropas». Luego preguntó al duque de Dalmacia: «Soult, ¿qué ve usted en dirección a Chapelle-Saint-Lambert?». El mariscal, nivelando su anteojo, respondió: «Cuatro o cinco hombres, Sire; evidentemente Grouchy». Pero aquello seguía inmóvil en la bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían estudiado «la nube» señalada por el Emperador. Unos decían: «Son árboles». Lo cierto es que la nube no se movía.