cosa extraña, se había vuelto más pobre y más bonita, dos pasos que no parecía estar en condiciones de dar. Había realizado un doble avance, hacia la luz y hacia la miseria. Estaba descalza y en harapos, como el día en que había entrado tan resueltamente en su aposento, solo que ahora sus harapos eran dos meses más viejos, los agujeros eran más grandes, los jirones más sórdidos. Tenía la misma voz áspera, la misma frente oscurecida y arrugada por el curtido, la misma mirada libre, salvaje y vacilante. Había además, más que antes, en su rostro, ese algo indescriptiblemente aterrado y lamentable que la estancia en una prisión añade a la miseria.
Llevaba trocitos de paja y heno en el cabello, no como Ofelia por haber enloquecido a causa del contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en el pajar de alguna caballeriza.
Y a pesar de todo, era hermosa. ¡Qué estrella eres, oh juventud!
Entre tanto, se había detenido delante de Marius con un rastro de alegría en su rostro lívido, y algo que se parecía a una sonrisa.
Permaneció de pie unos instantes como si fuera incapaz de hablar.
—¡Por fin te encuentro! —dijo al fin—. ¡El padre Mabeuf tenía razón, era en este bulevar! ¡Cuánto te he buscado! ¡Si supieras! ¿Lo sabes? He estado en la trena. ¡Quince días! ¡Me soltaron! en vista de que no había nada en mi contra y de que, además, no tengo uso de razón. Me faltan dos meses para alcanzarlo. ¡Ay! ¡Cuánto te he buscado! ¡Estas seis semanas! ¿Conque ya no vives ahí abajo?
—No —dijo Marius.
—¡Ah! Comprendo. Por ese asunto. Esas caídas son desagradables. Te largaste.