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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro V. El descenso

Compartía plenamente la opinión de aquellas mentes extremas que atribuyen a la ley humana no sé qué poder de crear, o, si el lector así lo prefiere, de autentificar demonios, y que sitúan un Estigia en la base de la sociedad.

Era estoico, serio, austero; un soñador melancólico, humilde y altivo, a la manera de los fanáticos.

Su mirada era como un berbiquí, fría y penetrante.

Toda su vida pendía de estas dos palabras: vigilancia y supervisión.

Había introducido la línea recta en lo que hay de más torcido en el mundo; poseía la conciencia de su utilidad, la religión de su función, y era espía como otros hombres son sacerdotes.

¡Ay del hombre que caía en sus manos! Habría arrestado a su propio padre si este se hubiera escapado de galeras, y habría denunciado a su madre si hubiera quebrantado su condena. Y lo habría hecho con esa especie de satisfacción íntima que confiere la virtud.

Y, a la vez, una vida de privación, aislamiento, abnegación, castidad, sin una sola distracción. Era el deber implacable; la policía entendida, como los espartanos entendían Esparta, una acechanza sin piedad, una honestidad feroz, un delator de mármol, un Bruto con alma de Vidocq.

Toda la persona de Javert expresaba al hombre que espía y que se sustrae a la observación. La escuela mística de Joseph de Maistre, que por aquella época aderezaba con una excelsa cosmogonía lo que se llamaba los periódicos ultras, no habría dejado de declarar que Javert era un símbolo. Su frente no era visible; desaparecía bajo su sombrero: sus ojos no eran visibles, pues se perdían bajo sus cejas: su mentón no era visible, ya que estaba

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