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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VIII

La devoraba con los ojos. No podía creer que fuese realmente aquella criatura divina la que veía en medio de aquellos seres viles en aquella guarida monstruosa. Le parecía estar contemplando un colibrí en medio de unos sapos.

Cuando ella se marchó, él no tuvo más que un pensamiento: seguirla, aferrarse a su rastro, no dejarla hasta saber dónde vivía, no volver a perderla, al menos, después de haberla redescubierto tan milagrosamente.

Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el cerrojo de la puerta y estar a punto de abrirla, una repentina reflexión lo hizo detenerse.

El pasillo era largo, la escalera empinada, Jondrette era hablador, el señor Leblanc, sin duda, aún no había vuelto a su carruaje; si al volverse en el pasillo o en la escalera lo llegaba a ver, a Marius, en aquella casa, se alarmaría evidentemente y encontraría el modo de escapársele de nuevo, y esta vez sería definitivo.

¿Qué debía hacer? ¿Esperar un poco? Pero, mientras esperaba, el carruaje podía ponerse en marcha. Marius estaba perplejo. Por fin afrontó el riesgo y salió de su habitación.

No había nadie en el corredor. Se apresuró hacia las escaleras. No había nadie en la escalera. Descendió a toda prisa y llegó al bulevar a tiempo de ver un coche de punto que doblaba la esquina de la Rue du Petit-Banquier, de regreso a París.

Marius se lanzó a toda prisa en esa dirección. Al llegar a la esquina del bulevar, volvió a divisar el fiacre, que bajaba velozmente por la Rue Mouffetard; el carruaje ya estaba muy lejos y no había forma de alcanzarlo; ¿cómo?, ¿correr tras él? Imposible; y además, los ocupantes del carruaje sin duda se habrían percatado de un individuo corriendo a toda velocidad en persecución de un fiacre, y el padre lo habría reconocido. En ese

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