Este enigma era el más espantoso de los oprobios, las galeras. Este señor Fauchelevent era el presidiario Jean Valjean.
Encontrar un secreto semejante en mitad de la propia felicidad se asemeja al hallazgo de un escorpión en un nido de tórtolas.
¿La felicidad de Marius y Cosette quedaba desde entonces condenada a semejante vecindario? ¿Era esto un hecho consumado? ¿Formaba la aceptación de aquel hombre parte del matrimonio ya consumado? ¿No había nada que hacer?
¿Se había casado Marius también con el presidiario?
En vano se puede ser coronado de luz y de alegría, en vano se puede saborear la gran hora púrpura de la vida, el amor feliz, tales sacudidas harían estremecerse incluso al arcángel en su éxtasis, incluso al semidiós en su gloria.
Como ocurre siempre en los cambios de perspectiva de esta naturaleza, Marius se preguntó si no tenía nada que reprocharse. ¿Le había faltado clarividencia? ¿Le había faltado prudencia? ¿Había embotado involuntariamente su ingenio? Un poco, tal vez. ¿Había emprendido este idilio, que había desembocado en su matrimonio con Cosette, sin tomar las precauciones suficientes para esclarecer el entorno? Reconocía —así es como, mediante una serie de sucesivas confesiones de nosotros mismos respecto a nosotros mismos, la vida nos enmienda, poco a poco—, reconocía el lado quimérico y visionario de su naturaleza, una especie de nube interna propia de muchas organizaciones, y que, en los paroxismos de la pasión y el dolor, se dilata a medida que cambia la temperatura del alma, e invade al hombre por entero, hasta el punto de no dejar de él más que una conciencia bañada en bruma. Hemos señalado más de una vez este elemento característico de la individualidad de Marius.
Recordaba que, en la embriaguez de su amor, en la calle Plumet, durante esas seis o siete semanas extáticas, ni siquiera le había hablado a Cosette