Un sargento de la Guardia inglesa, el mejor boxeador de Inglaterra, tenido por invulnerable por sus compañeros, había sido muerto allí por un pequeño tamborilero francés. Baring había sido desalojado; Alten, pasado a cuchillo.
Muchas banderas se habían perdido, una de la división de Alten y otra del batallón de Lunenburgo, portada por un príncipe de la casa de Deux-Ponts.
Los grises escoceses ya no existían; los grandes dragones de Ponsonby habían sido despedazados. Aquella valiente caballería se había doblado bajo los lanceros de Bro y bajo los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos, quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos yacían en el suelo: Hamilton herido, Mater muerto.
Ponsonby había caído, acribillado por siete lanzazos. Gordon estaba muerto. Marsh estaba muerto. Dos divisiones, la quinta y la sexta, habían sido aniquiladas.
Herido Hougomont, tomada La Haie-Sainte, ya no existía más que un solo punto de reunión: el centro. Ese punto seguía resistiendo firme. Wellington lo reforzó. Llamó allí a Hill, que estaba en Merle-Braine; llamó a Chassé, que estaba en Braine-l’Alleud.
El centro del ejército inglés, bastante cóncavo, muy denso y muy compacto, estaba sólidamente apostado. Ocupaba la meseta de Mont-Saint-Jean, teniendo el pueblo a su espalda y, enfrente, la pendiente, que entonces era bastante escarpada. Se apoyaba en aquella sólida mansión de piedra que pertenecía en aquella época al dominio de Nivelles y que marca la intersección de los caminos: un caserón del siglo XVI, tan robusto que las balas de cañón rebotaban en él sin dañarlo. Por toda la meseta, los ingléses habían cortado los setos aquí y allá, abierto troneras en los espinos, metido el cuello de un cañón entre dos