sombra reposando sobre el alma humana, y andar a tientas en la oscuridad sin poder despertar a ese Progreso adormecido.
“Dios ha muerto, quizá”, dijo un día Gérard de Nerval al autor de estas líneas, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.
El que se desespera no tiene razón.
El progreso despierta infaliblemente y, en resumen, podemos decir que marcha, aun cuando duerme, pues ha aumentado de tamaño. Cuando lo volvemos a ver erguido, lo encontramos más alto.
Estar siempre en paz no depende del progreso más que del torrente; no levantéis barreras, no arrojéis peñascos; los obstáculos hacen que el agua espume y que la humanidad hierva.
De ahí surgen los problemas; pero, después de estos problemas, reconocemos el hecho de que se ha ganado terreno. Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido, hasta que reinen la armonía y la unidad, el progreso tendrá revoluciones como estaciones de paso.
¿Qué es, pues, el progreso? Acabamos de enunciarlo: la vida permanente de los pueblos.
Ahora bien, a veces sucede que la vida momentánea de los individuos ofrece resistencia a la vida eterna del género humano.
Admitamos sin amargura que el individuo tiene sus intereses propios, y puede, sin menoscabo, estipular en pro de su interés y defenderlo; el presente tiene su dosis perdonable de egoísmo; la vida fugaz tiene sus derechos y no está obligada a sacrificarse constantemente por el porvenir. La generación que a su vez pasa por la tierra no está obligada a abreviarla en beneficio de las generaciones, iguales a ella, al fin y al cabo, que