¿De qué manera lo había subyugado Enjolras? ¿Por sus ideas? No. Por su carácter. Un fenómeno que se observa a menudo. Un escéptico que se adhiere a un creyente es tan sencillo como la ley de los colores complementarios. Lo que nos falta nos atrae. * Nadie ama la luz como el ciego. * El enano adora al tambor mayor. * El sapo tiene siempre los ojos fijos en el cielo. ¿Por qué? Para ver volar al pájaro. Grantaire, en quien la duda se retorcía, amaba ver planear la fe en Enjolras. Necesitaba a Enjolras. Esa naturaleza casta, sana, firme, recta, dura, cándida, lo encandilaba, sin que tuviera una conciencia clara de ello y sin que se le hubiera ocurrido la idea de explicárselo a sí mismo. Admiraba por instinto a su opuesto. Sus ideas blandas, flexibles, dislocadas, enfermizas, informes, se aferraban a Enjolras como a una columna vertebral. Su espinazo moral se apoyaba en esa firmeza. Grantaire, en presencia de Enjolras, volvía a ser alguien. Por otra parte, él mismo estaba compuesto de dos elementos que eran, a todas luces, incompatibles. Era irónico y cordial. Su indiferencia amaba. Su mente podía pasarse sin la creencia, pero su corazón no podía pasarse sin la amistad. Una profunda contradicción; pues un afecto es una convicción. Su naturaleza estaba así constituida. Hay hombres que parecen haber nacido para ser el reverso, el anverso, la parte del revés. Son Pólux, Patroclo, Niso, Eudámidas, Hefestión, Pechmeja. Solo existen a condición de estar respaldados por otro hombre; su nombre es un apéndice y solo se escribe precedido por la conjunción y; y su existencia no es la suya propia; es la otra cara de una existencia que no es la suya. Grantaire era uno de estos hombres. Él era el reverso
Table of Contents
Libro IV. Los Amigos de la A.B.C.
1015