V
Cosette después de la carta
Mientras Cosette leía, se fue quedando absorta en sus pensamientos. En el mismo momento en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno, el apuesto oficial pasó triunfante frente a la verja—era su hora—; a Cosette le pareció espantoso.
Reanudó su contemplación del libro. Estaba escrito con la más encantadora de las caligrafías, pensaba Cosette; con la misma mano, pero con tintas diversas, a veces muy negras, otras veces blanquecinas, como cuando se le ha añadido agua al tintero, y por consiguiente en días diferentes. Era, pues, un alma que se había desenvuelto allí, suspiro a suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar. Cosette jamás había leído nada semejante. Este manuscrito, en el que percibía ya más luz que oscuridad, le produjo el efecto de un santuario entreabierto. Cada una de estas líneas misteriosas brillaba ante sus ojos e inundaba su corazón con una extraña radiación. La educación que había recibido le había hablado siempre del alma, y jamás del amor, poco más o menos como se habla del tizón y no de la llama. Este manuscrito de quince páginas le revelaba repentina y dulcemente todo el amor, la pena, el destino, la vida, la eternidad, el principio, el fin. Era como si una mano se hubiese abierto y le hubiera arrojado de pronto un puñado de rayos de luz. En estas pocas líneas sentía una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada, una voluntad sagrada, una inmensa pena y una inmensa desesperación, un corazón doliente, un éxtasis plenamente expandido.