como dos nubes lo están de relámpagos, y que debían desbordarse y fundirse en una mirada como las nubes en un destello de fuego.
La mirada ha sido tan manida en las novelas de amor que ha terminado por caer en el descrédito.
Apenas se atreve uno hoy en día a decir que dos seres se enamoraron porque se miraron. De ese modo es, sin embargo, como la gente se enamora, y el único modo.
Lo demás no es nada, pero lo demás viene después. Nada es más real que estas grandes sacudidas que dos almas se transmiten mutuamente mediante el intercambio de esa chispa.
A aquella hora precisa en que Cosette lanzó inconscientemente aquella mirada que turbó a Marius, este no tenía la sospecha de que él también había dirigido una mirada que turbó a Cosette.
Él le causaba el mismo bien y el mismo mal.
Ella había tenido la costumbre de verlo durante mucho tiempo, y lo había examinado como las chicas examinan y ven, mientras miran a otra parte. Marius todavía consideraba fea a Cosette, cuando ella ya había empezado a encontrar apuesto a Marius. Pero como él no le prestaba atención, el joven no era nada para ella.
Aun así, no pudo evitar decirse a sí misma que él tenía hermosos cabellos, hermosos ojos, una hermosa dentadura, un tono de voz encantador cuando lo oía conversar con sus camaradas, que caminaba mal, si se quiere, pero con una gracia que le era propia, que no parecía ser tonto en absoluto, que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva y que, en suma, aunque pareciera pobre, su aspecto era distinguido.
El día en que sus ojos al fin se encontraron, y se dijeron esas primeras cosas, oscuras e inefables, que la mirada balbucea, Cosette no comprendió de inmediato.