estamos bajo la mirada de la Revolución, somos los sacerdotes de la República, somos las víctimas del deber, y no se debe permitir que se calumnie nuestro combate. Por lo tanto, he juzgado a ese hombre y lo he condenado a muerte. En cuanto a mí, obligado como estoy a hacer lo que he hecho, y sin embargo aborreciéndolo, me he juzgado a mí mismo también, y pronto veréis a qué me he condenado.
Los que le escuchaban se estremecieron.
—Compartiremos tu destino —exclamó Combeferre.
—Que así sea —respondió Enjolras.
—Una palabra más. Al ejecutar a este hombre, he obedecido a la necesidad; pero la necesidad es un monstruo del viejo mundo, el nombre de la necesidad es Fatalidad. Ahora bien, la ley del progreso consiste en que los monstruos desaparezcan ante los ángeles y que la Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad. Es un mal momento para pronunciar la palabra amor. No importa, la pronuncio. Y la glorifico. Amor, el futuro es tuyo. Muerte, hago uso de ti, pero te odio. Ciudadanos, en el futuro no habrá ni tinieblas ni rayos; ni ignorancia feroz, ni represalias sangrientas. Como ya no habrá Satán, no habrá tampoco San Miguel. En el futuro nadie matará a nadie, la tierra resplandecerá, el género humano amará. Llegará el día, ciudadanos, en que todo será concordia, armonía, luz, alegría y vida; llegará, y para que llegue es por lo que vamos a morir.
Enjolras cesó. Sus labios vírgenes se cerraron; y permaneció un tiempo de pie en el lugar donde había derramado sangre, con inmovilidad de