La mujer Magnon, de la que se habló unas páginas más atrás, era la misma que había conseguido que el viejo Gillenormand mantuviera a los dos niños que ella había tenido. Vivía en el muelle de los Celestinos, en la esquina de esa antigua calle del Petit-Musc que le brindaba la oportunidad de cambiar su mala reputación por un buen olor.
El lector recordará la gran epidemia de crup que diezmó los barrios ribereños del Sena en París hace treinta y cinco años, y de la cual la ciencia se aprovechó para realizar experimentos a gran escala sobre la eficacia de las inhalaciones de alumbre, hoy sustituidas tan beneficiosamente por la tintura externa de yodo.
Durante esta epidemia, la Magnon perdió a sus dos hijos, que aún eran muy pequeños, uno por la mañana y el otro por la noche del mismo día. Fue un golpe duro. Esos niños eran preciosos para su madre; representaban ochenta francos al mes. Esos ochenta francos eran pagados puntualmente en nombre de monsieur Gillenormand por el cobrador de sus alquileres, el señor Barge, un agente judicial jubilado, residente en la calle del Roi-de-Sicile.
Muertos los niños, se acabó la renta. La Magnon buscó un ardid. En esa oscura masonería del mal de la que formaba parte, todo se sabe, todos los secretos se guardan y todos se prestan ayuda mutua. La Magnon necesitaba dos niños; los Thénardier tenían dos. Del mismo sexo, de la misma edad. Un buen arreglo para los unos, una buena inversión para la otra. Los pequeños Thénardier se convirtieron en los pequeños Magnon.
La Magnon dejó el muelle de los Celestinos y se fue a vivir a la calle Clocheperce. En París, la identidad que une a un individuo consigo mismo se rompe entre una calle y otra.
El registro civil, al no estar advertido en absoluto, no opuso reparo alguno, y la sustitución se efectuó de la manera más sencilla del mundo.