“Vámonos. Yo llevaré la pala; llévate tú el azadón”.
Caía la noche.
Jean Valjean experimentó cierta dificultad para moverse y caminar. Se había endurecido en aquel ataúd y se había vuelto un poco semejante a un cadáver. La rigidez de la muerte se había apoderado de él entre aquellas cuatro tablas. Tenía, por decirlo así, que descongelarse, salido de la tumba.
—Estás entumecido —dijo Fauchelevent—. Es una lástima que cojee, pues de otro modo habríamos dado unos buenos pasos ligeros.
—¡Bah! —respondió Jean Valjean—, cuatro pasos volverán a dar vida a mis piernas.
Emprendieron la marcha por las callejuelas por donde había pasado el coche fúnebre. Al llegar ante la verja cerrada y la portería, Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del soteador, la dejó caer en el buzón, el portero tiró de la cuerda, la verja se abrió y salieron.
—¡Qué bien va todo! —dijo Fauchelevent—; ¡qué excelente idea la suya, padre Madeleine!
Pasaron la barrera de Vaugirard de la manera más sencilla del mundo. En las inmediaciones del cementerio, una pala y un pico equivalen a dos pasaportes.
La calle Vaugirard estaba desierta.
—Padre Madeleine —iba diciendo Fauchelevent mientras avanzaban, levantando los ojos hacia las casas—, usted tiene mejor vista que yo. Enséñeme el número 87.
—Aquí está —dijo Jean Valjean.