Donde antes había contemplado la caída de la monarquía, ahora veía el advenimiento de Francia. Su orientación había cambiado. Lo que había sido su Oriente se convirtió en el Occidente. Había dado un giro de ciento ochenta grados.
Todas estas revoluciones se llevaron a cabo en su interior, sin que su familia tuviera la menor sospecha del caso.
Cuando, durante esta misteriosa labor, hubo mudado por completo su antigua piel borbónica y ultra, cuando se hubo despojado del aristócrata, del jacobito y del realista, cuando se hubo convertido a fondo en un revolucionario, profundamente democrático y republicano, fue a ver a un grabador en el Quai des Orfèvres y encargó cien tarjetas con este nombre:
«Le Baron Marius Pontmercy.»
Esta no era más que la consecuencia estrictamente lógica del cambio que se había operado en él, un cambio en el que todo gravitaba en torno a su padre.
Tan solo que, como no conocía a nadie ni podía dejar sus cartas a ningún portero, se las guardó en el bolsillo.
Por otra consecuencia natural, a medida que se acercaba a su padre, a la memoria de este y a las cosas por las cuales el coronel había luchado veinticinco años atrás, se alejaba de su abuelo. Hace mucho que dijimos que el carácter de M. Gillenormand no le agradaba. Ya existían entre ellos todas las disonancias del joven grave y el anciano frívolo. La alegría de Géronte choca y exaspera la melancolía de Werther. En tanto que las mismas opiniones políticas y las mismas ideas les habían sido comunes a ambos, Marius se había encontrado con M.