porque hay naturalezas generosas que se entregan, y Cosette era una de ellas. Una de las magnanimidades de la mujer es entregarse. El amor, en la cumbre donde es absoluto, se complica con una ceguera del pudor que tiene algo de indeciblemente celestial. ¡Pero qué peligros corréis, oh nobles almas! A menudo dais el corazón, y nosotros nos quedamos con el cuerpo. Vuestro corazón se queda con vosotras, lo contempláis en la penumbra con un estremecimiento. El amor no tiene término medio; o arruina o salva. Todo destino humano se encierra en este dilema. Este dilema, ruina o salvación, ninguna fatalidad lo plantea de manera más implacable que el amor. El amor es la vida, si no es la muerte. Cuna; también ataúd. Un mismo sentimiento dice «sí» y «no» en el corazón humano. De todas las cosas que Dios ha hecho, el corazón humano es la que arroja más luz, ¡ay!, y más tinieblas.
Dios quiso que el amor de Cosette encontrara uno de esos amores que salvan.
Durante todo el mes de mayo de aquel año de 1832, hubo allí, todas las noches, en aquel pobre y descuidado jardín, bajo aquel espeso matorral que día a día se hacía más espeso y más perfumado, dos seres compuestos de toda castidad, de toda inocencia, desbordantes de toda la felicidad del cielo, más próximos a los arcángeles que a la humanidad, puros, francos, embriagados, radiantes, que resplandecían el uno para el otro en medio de las sombras. A Cosette le parecía que Marius tenía una corona, y a Marius que Cosette tenía un nimbo. Se tocaban, se miraban, se tomaban de las manos, se apretaban el uno contra el otro; pero había una distancia que no rebasaban. No es que la respetaran; no conocían su existencia. Marius tenía la conciencia de una barrera, la inocencia de Cosette; y Cosette de un apoyo, la lealtad de Marius.