severidad lo estaba espantando; se decía todo esto a sí mismo, y aquello aumentaba su dolor; y como su dolor se convertía al instante en cólera, acrecentaba su dureza. Habría querido que Marius lo comprendiera, y Marius no lo comprendía, lo cual ponía furioso al buen anciano.
Comenzó de nuevo:—
«¡Cómo! ¡Me abandonaste, a mí, a tu abuelo, abandonaste mi casa para irte a sabe Dios dónde, llevaste a tu tía a la desesperación, te fuiste, es fácil adivinarlo, a llevar una vida de soltero; es más cómodo, a hacer el currutaco, a llegar a cualquier hora, a divertirte; no has dado señales de vida, has contraído deudas sin siquiera avisarme para que las pague, te has vuelto un rompeventanas y un fanfarrón, y, al cabo de cuatro años, te me presentas, ¡y eso es todo lo que tienes que decirme!»
Esta violenta manera de obligar a un nieto a la ternura